El tenista murciano, frustrado por su eliminación prematura en Miami, expresa su propósito de recargar pilas para llegar a tope a la gira de arcilla.
GREGORIO LEÓN
La gestión de las emociones es muy difícil cuando estás solo y tienes veintidós años. Carlos Alcaraz, con siete Grand Slams ya en su colección, no deja de ser un chico sometido a grandes presiones, que vienen de fuera, y también de dentro. Con un instinto muy definido para la victoria, sea un partido de tenis, con un palo de golf o jugando al parchís, tiene una mala relación con la derrota. Y el domingo se le hizo bola el partido ante Sebastian Korda, dejándonos imágenes impropias de él: "No puedo más. Me quiero ir a casa", gritaba a su box, que no sabía ya que replicarle, viéndolo víctima de una impotencia que le estaba bloqueando. Y Alcaraz no salió del laberinto.
El año pasado también Miami le borró la sonrisa. La gira americana le dejó más dudas que certidumbres. Y en ese momento, en vez de rumiar las derrotas y deprimirse, se fue a Acapulco con su familia. A partir de ahí reapareció el mejor Alcaraz, capaz de hacer milagros en Roland Garros y se someter a todos en Nueva York. Es la misma receta que va a aplicar ahora. El jugador lo ha expresado en redes sociales: "Ayer no pudo ser, ¡pero lo intentaremos de nuevo el año que viene! ¡Ahora toca recargar pilas y prepararse para la gira de arcilla!"
La familia, siempre como refugio. Tener cerca a Álvaro, a su padre, a sus amigos... le devuelve la paz y la confianza. Y ya, con las baterías al cien por cien, regresará a la arcilla, donde le espera el torneo de Montecarlo a partir del 5 de abril. Luego, el Conde de Godó, donde fue finalista el año pasado. Y más tarde, la cita en la Caja Mágica, en el Mutua Madrid Open.