El tenista murciano se impone a Djokovic en la final del Open de Australia (2-6, 6-2, 6-3 y 7-5), y se convierte en el jugador más joven de la historia en ganar los cuatro Grand Slams.
GREGORIO LEÓN
La mente de un niño se llena de sueños. Luego la vida llega con las rebajas. En el caso de Carlos Alcaraz se han quedado cortos. El pitufo que con apenas doce años respondía cohibido ante la cámara, expresando su deseo de ganar Wimbledon y Roland Garros, ha logrado reunir este domingo todos los tesoros que hay en el paraíso. Novak Djokovic, con su dimensión mitológica, lo desafiaba al otro lado de la red. Un héroe de otra era, casi geológica. Y también del tiempo presente. Pero también las leyendas mueren, rindiéndose a la pujanza de un chico de solo veintidós años que ha hecho el mundo suyo. Y de paso, el nuestro mucho más feliz. Carlos Alcaraz te reconcilia con la vida. La hierba venerable de Wimbledon, la arcilla de la Philippe - Chatrier, el sabor añejo del US Open y ahora, la pista azul cielo de Melbourne, a diecisiete mil kilómetros de la tierra donde nació un elegido de los dioses.
Nole comenzó el partido quemando rueda. Su set fue perfecto. Le rompió dos veces el servicio a Alcaraz, que no encontraba ninguna respuesta a los golpes ganadores del serbio, pleno de inspiración. 6-2, resultado de otros datos muy expresivos. El serbio se llevó el doble de puntos que el murciano, que solo pudo obtener dos al resto.
"Que te vea, que te vea", le gritaban desde su box a Carlitos, que debía alzar la voz en la segunda manga, empezar a parecerse a sí mismo. La derecha se puso a funcionar. El servicio, también, elevando los porcentajes limitados del capítulo anterior. La dirección del viento cambiaba. Y con dos roturas de servicio, el set lo tenía en la mano. Devolución de tanteo. 6-2.
Djokovic se fue a vestuarios. Mientras tanto, Alcaraz preguntaba a la organización, con gestos de contrariedad, por qué estaban cerrando el techo de la Rod Laver Arena. Pero esto no apartó de su camino al jugador de El Palmar, que activó su juego atómico para reducir a un grande, al más grande. Y se llevó el set al resto. 6-3.
El cuarto set arrancó con una pelea sin concesiones, donde cada bola parecía la definitiva. Los dos antagonistas tardaron más de diez minutos en resolver el segundo juego, que podía marcar el destino final. Alcaraz malgastó seis opciones de rotura. Y Djokovic, liberándose de presión, hizo un gesto ganador dirigido a la grada, diciendo que estaba muy lejos de la rendición. A Alcaraz le tocaba apretar los dientes, y no dejar ni una grieta al serbio. Y además, apelando al público, se cargaba de electricidad. Pero enfrente estaba un jugador bendecido por la gloria. Una leyenda de veintidós años.