La final del Open de Australia se jugará este domingo, a partir de las 9.30 de la mañana, hora española.
GREGORIO LEÓN
El pasado que no se quiere ir. El presente, que viste de verde pistacho. Uno, nacido en los Balcanes. El otro, criado en la huerta de Murcia. Novak Djokovic, que en mayo cumplirá 39 años, es el fuego sagrado que nunca se apaga. Carlos Alcaraz, una biografía que empieza a engordarse con éxitos repetidos. Y este domingo los dos maestros (sí, Carlitos, a pesas de su nombre al que aún no se le ha caído el diminutivo y de sus veintidós años, lo es) nos dan un regalo, el mismo que vimos dos veces en Wimbledon y otra en los Juegos Olímpicos de París.
Esta edición del Open de Australia está dejando espacio para lo insólito. Porque nadie podía predecir el desenlace que tuvo el partido Zverev-Alcaraz, con el tenista murciano caminando como un viejecito artrítico, sin piernas, solo con brazos. Pocos pensaban que Jannik Sinner, con su tenis robótico, exultante de juventud, capitulara ante un casi cuarentón. Pero la Rod Laver Arena se ha abierto a los milagros.
Alcaraz y Djokovic se han enfrentado en nueve ocasiones, con saldo aún favorable para el serbio. La primera cita fue en 2022, en un partido que ya ha ingresado en la historia particular del murciano. Fue en las semifinales de la Caja Mágica. En septiembre del año pasado se vieron en Nueva York, también con victoria para el jugador de El Palmar, igualmente en la ronda de semifinales.
Las dudas han brotado sobre el estado físico de Carlitos, que se metió una paliza, con calambres y vómitos, para acceder a la final. Djokovic tampoco va sobrado de gasolina, pero sí de voracidad competitiva, la que le impulsa a perseguir su Grand Slam número 25. Si gana el murciano, será el tenista más joven en reunir los cuatro grandes del circuito.