Desde el gallinero. El cuerpo humano como pieza de un museo
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El primero de ellos, el Negro de Bañolas fue un hombre sudafricano cuyo cuerpo embalsamado fue exhibido como atracción en el Museo Darder de Bañolas, Gerona, durante casi un siglo, hasta 1997. Robado de su tumba en 1830 por taxidermistas franceses, su exhibición, propia de la época colonial, generó una gran polémica internacional antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona '92.
El segundo caso es el del Museo d’Allard, en el departamento francés de Montbrison, que conserva entre sus fondos un español disecado. Fue uno de los 1.600 prisioneros de guerra que llevó Napoleón a Francia en 1812, y acabó a las órdenes del barón Jean-Baptiste d’Allard para la construcción de su mansión particular. Sólo se sabe que era herrero o albañil, y que, tras su muerte en 1825, el barón lo hizo disecar, vestido con su mandil de cuero gremial para que formase parte de su colección del gabinete de curiosidades que posteriormente configuraría el Museo d’Allar, donde permaneció expuesto hasta el año 2000 y donde se conserva en los depósitos del museo.
Por último, conocemos también el caso de Agustín Luengo Capilla, también conocido como El Gigante Extremeño, el segundo español más alto de todos los tiempos hasta el momento, llegando a alcanzar los 2,35 metros. El Museo Antropológico de Madrid le ofreció 2,50 pesetas diarias mientras que viviera a cambio de que, al morir, su cadáver quedase expuesto en el museo antropológico de Madrid. Murió el 31 de diciembre de 1875 a la edad de 26 años, y en la actualidad se sigue conservando su esqueleto en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid.
Clara Alarcón reflexiona sobre la necesidad de replantear cómo se gestionan fondos de los museos tan polémicos como estos casos, y cómo explicar con los ojos de hoy que se exhibieran en vitrinas estos cuerpos humanos.