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Roberto "El Macho" Figueroa, leyenda del Real Murcia

FIGUEROA. Aquellos maravillosos años

Onda Regional rinde homenaje a uno de los mitos del Real Murcia

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GREGORIO LEÓN

Eran tardes que olían a pastel de carne.

Que tenían el sonido de la voz de Mateo Campuzano entrando en el Estudio Estadio. La textura de las páginas de La Verdad el lunes, a primera hora, a ver qué escribía Montesinos.

Olían a puro encendido en tribuna. Por La Condomina pasaba el Madrid de Butragueño o el Barça de Schuster. Daba igual el rival. Por muy encopetado que fuera, siempre el adversario tenía miedo de un sonido que le rompiera la tarde... o la quiniela: el del taponazo de una botella de champán al descorcharla. El sonido que dejaba flotando en el aire, como una profecía de gol inminente, un remate de Figueroa. El Macho.  

El Mundial del Naranjito lo trajo a Murcia

El Mundial 82 dejó inscritas en la memoria de los tiempos varias imagenes inmarcesibles. La carrera de Tardelli al borde del paroxismo en la final del Bernabéu. La celebración de Sandro Pertini, como un tifosi más. Y sobre todo, una decepción, la de España. El primer picotazo se lo dio una desconocida Honduras en la que descollaba un delantero centro espigado: Betancourt. El Real Murcia, anhelante de un "9" puro, tendió las redes. Paco Sánchez Sabater, entonces director deportivo grana, se reunió con su agente en el hotel Cuzco de Madrid. Pero el futbolista prefirió el Racing de Estrasburgo. Y entonces apareció la segunda posibilidad. Actuaba de segundo delantero en la selección hondureña. La pelota era su aliada, y su enemiga. La adorada, y al mismo tiempo, con patadas violentas, la maltrataba, la alejaba de él lo más lejos posible. El Real Murcia abonó 12 millones de pesetas al Vida de Honduras, y los aficionados empezaron a disfrutar de los goles que firmaba un jugador de color tostado que se metería en su corazón, para siempre. 

Cuatro años y el traspaso al Hércules 

No fue Figueroa un delantero especialmente prolífico, de cifras escandalosas. Pero sus goles siempre tenían un sello único. Eran goles de colección. Como los que le hizo a Arconada la noche en la que la Real claudicó en La Condomina, una noche de calor y felicidad. Cincuenta y un tantos produjo en sus cuatro años vestido de grana. No hubo barrera que temblara antes de uno de sus disparos; no hubo portero que no se temiera lo peor cuando Figueroa iba a golpear. Los aficionados, salivando de placer, gritaban "gol... gol... gol..." cuando El Macho fijaba el balón en el césped y buscaba con los ojos a su víctima, se llamara Urruti, Zubizarreta o Miguel Ángel.  

Después de cuatro ejercicios, el Hércules de Alicante se lanzó a por su fichaje, ofreciendo al Murcia recuperar plenamente la inversión hecha en 1982. Sánchez Sabater planteó la operación a José Pardo Cano, que se llevó las manos a la cabeza, pensando que estaba en presencia de un loco. El director deportivo desplegó sus razones: "A los jugadores hay que venderlos cuando están en su punto más alto de rendimiento, antes de que decaigan". Y en efecto, su trayectoria fue declinante ya vestido con la camiseta del Hércules de Alicante. 

Figueroa ha muerto. Demasiado joven. La vida no lo trató como se merecía, una vez que se quitó las botas. Sin balón, se quedó huérfano.

 

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