La entrada al mirador

El hambre de piel

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Buenas tardes,
 
Estos días estamos leyendo sobre dos fenómenos que tienen dos nombres muy raros: el síndrome de la cabaña y el hambre de piel. El de la cabaña es ese miedo a salir a la calle de nuevo cuando has estado encerrado y protegido durante semanas. Se supone que a casi todos se nos habrá pasado ya, aunque hay muchos que aún dudan antes de entrar a cualquier sitio cerrado. 
El hambre de piel nos va a costar más superarla.  
 
La piel es un órgano al que le hacemos poco caso y sin embargo pesa casi 5 kilos y ocupa unos dos metros cuadrados. Tiene cinco millones de terminaciones nerviosas y es con lo que nos llega muchísima información, por eso los niños pequeños lo tocan todo, no es que quieran poner en ridículo a sus padres en las tiendas, es que es su forma de explorar.
 
Con el tacto sentimos el calor, el frío, la rugosidad y la suavidad de las cosas, pero sobre todo, es con lo que recibimos el cariño. Coger de la mano, acariciar la cara, besar, dar una palmada en la espalda, simplemente acercarse hasta que los cuerpos se tocan, son todos gestos que hacemos casi sin darnos cuenta pero que son nuestra forma de cuidar y de querer a alguien. 
Y ahora no podemos hacerlo 
y cuesta muchísimo. 
 
¿Cuántas veces no nos hemos frenado en seco estos días a punto de dar un beso a un amigo o a un familiar? 
Es mucho más difícil ese frenazo que ponerse una mascarilla. Perder el contacto de la piel es la causa principal de los traumas que vamos a sufrir en el futuro, porque no sólo afecta psicológicamente. Está demostrado que los abrazos mejoran el sistema inmunológico, así que no poder darnos abrazos nos hace más vulnerables a lo que queremos evitar. 
 
Echamos tanto de menos tocarnos que he visto ya varios artículos hablando de cómo sustituir el apretón de manos, 
si analizamos los libros que se han leído durante estas semanas de encierro, la palabra que más se repite es beso, 
hay quien ha diseñado una especie de capa de plástico con mangas que parece un preservativo gigante y el New York Times publicaba ayer un reportaje analizando las maneras en la que nos podemos abrazar sin juntar mucho las caras para minimizar contagios. 
Las palabras, la imagen de alguien que nos quiere en una pantalla o a dos metros de distancia también transmiten cariño y hacen compañía, pero no es igual.
 
El ser humano se reinventa y evoluciona. Si ahora tenemos hambre de piel seguro que encontramos la manera de chocar codos o espaldas o qué sé yo para sustituir los abrazos de siempre.  
El luto de 10 días por todos los que se nos han ido se acaba esta medianoche, pero la pena por las personas a las que ya no vamos a poder abrazar, acaba de empezar. Quizá lo que nos toca pensar hoy es: ¿a quién le debo yo un abrazo o un chocar de espaldas?

 

MARTA FERRERO

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