Todos con la palma

La entrada al mirador

Hoy hablamos de columpios

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Buenas tardes
 
¿Cuánto hace que no van a un parque? No me refiero a ir a pasear o a hacer deporte, sino a jugar, a disfrutar de columpios y toboganes. Quizá hace tanto tiempo que no lo recuerdan.
 
Pero a lo mejor les ha pasado como a mí, que fue justo lo último que hice antes de que nos confinaran y me acuerdo perfectamente.
 
Si no han tenido un hijo, sobrino, primo o nieto en los últimos 20 años no saben lo que se pierden con esto de los columpios. Cuando yo era pequeña, en los tiempos de la EGB, los parques no estaban pensados para niños exigentes. 
 
Se supone que un niño de los años 80 salía al parque a desfogarse, a correr o jugar a la pelota, pero si no querías hacer ninguna de esas dos cosas, pues te quedabas hablando en un banco. El suelo era de chinarro o en el mejor de los casos baldosas o arena y los juegos infantiles parecían instrumentos de tortura en lo que lo raro era que no nos partiéramos las cejas día sí y día no. La mayoría hemos sobrevivido a todo eso, pero yo no lo recuerdo con la nostalgia de tiempos mejores porque en esto de los parques, no lo eran.
 
Luego me convertí en mamá de parque, que es una especie urbana que merece la pena investigar. Y de mamá de parque me pilló todo el cambio de los jardines de Murcia, que se llenaron de columpios, toboganes, balancines... todo sobre suelos acolchados en los que hay que tener muy mala suerte o ser muy torpe para partirse una ceja. Creo que había concejales más o menos de mi edad y que se dieron cuenta de que para que los niños se animaran a salir de sus casas donde tienen juguetes y consolas, había que darles más alicientes.  Pasaron años hasta que se dieron cuenta de que para aprovechar esos columpios en Murcia había que ponerles sombra porque si no durante muchos meses los niños no se partían la cabeza, pero se te quedaban tostados a la parrilla o se quemaban las manos.
 
El caso es que justo antes de que nos encerraran en casa, fui a un parque con columpios. Y mi sobrina me obligó, como solo una niña de 4 años sabe obligarte, a que me subiera a uno y me columpiara con ella. Y te conviertes en niña de repente, te sientes como Heidi en aquellos dibujitos animados en los que se columpiaba en las nubes, es felicidad pura. 
 
Por eso me ha dado tanta pena durante estas semanas ver esos juegos infantiles precintados con cinta policial. Y en cuanto los abran, intentaré volver, aunque sea con guantes y mascarilla.  
 
así que de parques y de otras cosas vamos a hablar hoy
 
MARTA FERRERO

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