VIVA LA RADIO. Murcia año 2772. ¿Fue legal el juicio de Jesús de Nazaret?

A Jesús se le acusaba de blasfemia por denominarse Mesías, Hijo de Dios, o Rey de los Judíos, algo por lo que el Sanedrín le llevó a juicio pero no podían condenarle a muerte por lo que recurieron a Poncio Pilatos

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EL JUICIO A JESÚS DE NAZARET

 

Es con toda seguridad el juicio más importante de nuestra historia, y sin embargo estamos muy lejos de saberlo todo sobre él. Los autores ni siquiera se ponen de acuerdo sobre si realmente existió un Jesús histórico. Parece ser que sí existió, pero apenas fue relevante fuera del mundo judío, por eso otros autores romanos de la época no lo mencionan.

Para conocer el juicio a que fue sometido Jesús tenemos los cuatro evangelios canónicos y los apócrifos que, aunque no son admitidos por la Iglesia, pueden contener noticias históricas que nos interesen. Pero los Evangelios no son libros de Historia, menos aún de Derecho, y cuentan, de oídas, lo que sus autores consideraron importante para la fe, no para la Historia.

En el proceso contra Jesús, tal como nos llega de los evangelios, aparecen no pocos titubeos: Lo llevan ante Anás, Caifás, Pilatos, Herodes y Pilatos, de nuevo, que pronuncia la terrible sentencia, presionado por los sacerdotes del Sanedrín. La cuestión parece ser que el Derecho Romano no tenía un delito de “blasfemia”; los delitos contra la religión eran competencia de los judíos. Pero éstos no tenían capacidad de condenar a muerte, por lo que -una vez condenado Jesús ante el Sanedrin, tribunal judío- tuvieron que inventarse una acusación “civil” ante Poncio Pilatos que permitiera condenarlo a muerte. El juego fue la afirmación de Jesús de considerarse “Mesías”, “Hijo de Dios” y “rey de los judíos”. A los romanos les importaba poco que Jesús fuera el Hijo de Dios, su religión era tan amplia como para aceptar que cada uno creyera lo que quisiera, siempre que respetara los cultos al Emperador, pero la denominación de  “Mesías” y “Rey de los Judíos” sonaba a desafío a la autoridad del Emperador. Oportunamente los acusadores olvidaron la frase de Jesús: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, como también olvidaron lo de “mi reino no es de este mundo”. 

En la Palestina de Jesucristo existían tres núcleos de poder: a) el Sanedrín, b) el Tetrarca de Galilea Herodes Antipas y c) el gobernador romano Poncio Pilatos. Cuando los romanos ocupaban un territorio que tenía una organización política avanzada, como Israel, procuraban respetarla, manteniendo sus órganos de poder, aunque colocando en ellos a personas adictas a Roma, y superponiéndole la figura de un gobernador romano como autoridad suprema. En términos modernos diríamos que establecían una “comunidad autónoma”, con competencias limitadas por una poderosa “delegación del gobierno”. 

El rey, Herodes, era un sátrapa colocado por Roma para contentar a la aristocracia local, sin poderes efectivos. El Sanedrín era una especie de parlamento judío, formado, según Flavio Josefo, por 71 miembros de tres clases: ancianos de la aristocracia, sumos sacerdotes retirados y escribas o doctores de la ley. Lo presidía un Sumo Sacerdote, nombrado por el gobernador romano y, por tanto, adicto. Aplicaba la ley judía en cuestiones religiosas, pero no podía imponer la pena de muerte, más que, excepcionalmente al extranjero que entrase en la parte más sagrada del Templo, lo cual no era, evidentemente, el caso de Jesús. Este derecho fue reconocido por los romanos, pero no hay testimonios de que se ejercitase en esta época.

Finalmente encontramos la autoridad máxima: el gobernador romano, un prefecto imperial. Augusto concedió, por primera vez al prefecto Coponio, el año 6 d. C. la potestad para imponer la pena de muerte. El prefecto tenía a su cargo la represión penal de los delitos que alteraban el orden público, respetando la del Sanedrín en delitos religiosos.

Tradicionalmente se ha creído que el proceso contra Jesús en su primera fase, es decir ante la autoridad religiosa judía del Sanedrín, fue una farsa en la que se infringieron las más elementales reglas procesales. Sin embargo, algunos investigadores mantienen que no fue así, sino que se observaron escrupulosamente todas las reglas de la ley judaica sobre los procesos. Entiéndase bien: el juicio contra Jesús pudo ser formalmente “legal”, aunque fuera “injusto”, al condenar a una persona que sólo había practicado y predicado el Bien.

Una objeción muy importante contra la legalidad del proceso es su inusitada celeridad, en contraste con las reglas jurídico-procesales judías, que establecían una serie de plazos y garantías. Según los evangelios todo ocurrió en muy poco tiempo: Jesús fue apresado, interrogado y se testificó contra él en la noche del jueves; al amanecer fue condenado por el Sanedrín y remitido a Pilatos, quien lo envió a Herodes y éste, de nuevo a Pilatos, quien lo hizo flagelar y lo condenó a muerte; caminó con la cruz hasta el Calvario; por la tarde ya estaba crucificado y expiró, siendo descendido y sepultado aquella misma noche

La Mishná judía exigía que al posible imputado se le advirtiera previamente sobre su conducta delictiva y, sólo si su actitud era de obstinación, podía formularse la acusación. Ello llevaba consigo una investigación previa con acopio de pruebas por parte del Sanedrín, que en el caso de Jesús iba ya en las tres direcciones que después tomaría la acusación: a) la blasfemia (sus palabras sobre la destrucción del Templo y su reconstrucción y su proclamación mesiánica), b) la violación de la Ley (las curaciones en sábado) y c) la rebelión contra el César (la proclamación como rey y el pago del tributo). Los evangelios nos informan sobre cuatro conciliábulos o reuniones del Sanedrín para imputar a Jesús.

De qué se le acusaba a Jesús?

La primera manifestación mesiánica de Jesús fue, según Juan, en su primera Pascua en Jerusalén al expulsar a los mercaderes del Templo y hablar sobre la destrucción del Templo y su reconstrucción en tres días. Pudo ser entonces cuando el sanedrita Nicodemo se entrevistó con él y una embajada interrogó a Juan el Bautista, quien les dijo que Jesús era el Mesías. Más tarde, en Galilea se le reprochó la curación en sábado y Él profirió invectivas contra los fariseos y los doctores de la Ley. También nos dicen los evangelistas que se enviaron personas para espiarlo y sorprenderlo en alguna palabra que permitiera juzgarlo y, esto es muy interesante, entregarlo al gobernador romano. Los sanedritas querían condenarlo a muerte y, como no podían hacerlo, buscaban un motivo para remitirlo a la autoridad imperial. De ahí viene la consulta sobre la licitud del tributo al César de la que Jesús sale tan airoso: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No faltan noticias de advertencias de los fariseos sobre infracción de reglas por parte de los discípulos de Jesús.

En el invierno del tercer año, probablemente, y a consecuencia de la resurrección de Lázaro, se produjo una reunión formal del Sanedrín. Es cuando Caifás dijo que era mejor que muriera un hombre antes que pereciese todo el pueblo. Ya no se trataba de advertencias o amenazas sino de una verdadera orden de arresto (Juan 11.51-53) que seguramente sería pregonada por todo el territorio (Juan 57) y hasta pudo anunciar una recompensa a quien lo delatase, la que después aprovecharía Judas. El Talmud Babilonio dice que, 40 días antes de la ejecución de Jesús, un pregonero había caminado, diciendo que Jesús debía ser lapidado por practicar la brujería e inducir a la apostasía y que, si alguien quería decir algo en su defensa, podía hacerlo, pero nadie acudió.

En este contexto se produce la traición de Judas que probablemente cobró la recompensa prometida por el Sanedrín. No deja de ser chocante que sin la traición de Judas el destino de Jesús y por tanto la salvación del hombre no se habría producido.

Entonces se produjo el Prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní, por orden exclusiva de las autoridades religiosas judías y fue llevado a cargo por un cuerpo de sirvientes del Sanedrín, encargado del orden público, del que nos informa Flavio Josefo. No hubo en este acontecimiento intervención alguna de soldados romanos.

Tan sólo Juan menciona el interrogatorio preliminar de Jesús ante Anás, suegro de Caifás, que había sido sumo sacerdote entre los años 6 al 15 d. C. y era persona de gran prestigio.

Una vez producido este interrogatorio preliminar, que no aportó nuevos datos, Caifás convocó al amanecer una sesión del Sanedrín. Entonces comienza propiamente el primer proceso plenario contra Jesús, cuya fase previa de instrucción se había estado gestando durante mucho tiempo. En el proceso hebraico no había acusación pública, sino que los testigos actuaban como acusadores. No servía como prueba el testigo único sino que debían ser al menos dos concordantes. El falso testimonio estaba severamente castigado en el Antiguo Testamento. Se producen ahora dos elementos importantes para el juicio: la negación de Pedro, que rechaza declarar a favor de Jesús, y la confesión. En el mundo antiguo, y hasta no hace muchos años, cuando el acusado de un delito confesaba ser autor -aunque fuera mentira- era directamente condenado, sin necesidad de más pruebas.

Pero el Sanedrín no tenía poder para aplicar la pena capital y es por esto por lo que lo entregaron a la autoridad romana del prefecto Poncio Pilatos. Pero entonces surgía, para ellos, un grave escollo: el delito de blasfemia, tal como los judíos lo concebían, no existía en el Derecho Romano.

Ante Pilatos se inicia un nuevo proceso en el que los sanedritas asumen ahora el papel de acusadores y aportan las pruebas. El sistema procesal romano en esta época seguía el “principio inquisitivo”, es decir, no tenía que limitarse a las pruebas presentadas sino que podía, con gran libertad, inquirir él mismo las que considerase necesarias para el enjuiciamiento.

Los evangelistas, en especial Lucas y Juan, nos refieren la triple acusación que se formulaba contra Jesús y que difuminaba el carácter religioso para subrayar el político: Decían que Jesús a) incitaba a la gente a la revolución, b) prohibía pagar el tributo al César, y c) afirmaba ser Cristo rey. La última acusación es la más peligrosa, y cuando Pilatos la rechaza los sacerdotes lo amenazan: “No eres amigo del César si no condenas a este hombre”.

Tras ello San Lucas cuenta que Pilatos remite a Jesús ante Herodes, lo cual no encaja en el proceso judicial romano. Finalmente, Poncio Pilatos trata de librarse de condenar a Jesús recurriendo el a”privilegio pascual”, que le permitía, con motivo de la fiesta soltar a un acusado. En este caso planteó la alternativa entre Jesús y Barrabás. Como sabemos, el pueblo, engañado, eligió a Barrabás. Aunque hay investigadores que advierten de que “Barrabás” significa “el hijo del hombre”, expresión con la que se solía identificar a Jesús. Quizás el pueblo sí quiso que se soltase a Jesús y los sacerdotes, o el propio Pilatos, manipularon la decisión.

Tras la elección de Barrabás, Pilatos hizo azotar a Jesús y lo entregó para que lo crucificaran, pero los sacerdotes alegaron que no tenían poder para hacerlo.

Según el evangelio de San a Juan, hubo un segundo interrogatorio de Pilatos, después de la flagelación. Ante la presión de las autoridades religiosas, no tuvo valor Pilatos para mantener sus propias convicciones y mandó crucificar a Jesús. Antes quiso dejar clara su posición con el gesto ritual de lavarse las manos.

No tenemos suficientes datos como para asegurar que el juicio (o los juicios) fueron incorrectos formalmente. Probablemente se cumplieron las formalidades del modo en que se hacían los juicios en esa época y lugar, pero eso no quita para que el juicio fuera, obviamente, injusto. Ya lo decían los romanos: “Summum ius, summa iniuria”, lo más “legal” a veces puede ser lo más injusto.

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