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VIVA LA RADIO. Murcia año 2772. La Protección Social en la antigua Roma

El Estado Social surge en el S XX, sin embargo antes los romanos se dieron cuenta de la importancia de ayudar al semejante. Con algunas instituciones de protección social, la familia seguía siendo la principal protección

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LA PROTECCIÓN SOCIAL EN LA ANTIGUA ROMA- Adolfo Díaz Bautista 

Hoy día sabemos que el ser humano moderno se formó a través de la evolución de los primates ocurrida durante millones de años. Hay muchos homínidos antes del sapiens que fueron capaces de utilizar herramientas para cazar, incluso muchos las fabricaban con una destreza sorprendente. Algunos llegaron a dominar el fuego e incluso a plasmar sentimientos y producir arte rupestre. Los historiadores y antropólogos se preguntan cuál de estos signos marca el comienzo de la civilización. Personalmente me quedo con las palabras pronunciadas por la investigadora Margaret Mead. Según esta antropóloga, el origen de la civilización es el hallazgo de un fémur roto y cicatrizado. En el reino animal, explicaba, una pierna rota es anticipo de una muerte segura. El animal herido es devorado por los depredadores o muere de inanición. En cambio, en algún momento, los homínidos comprenden la necesidad de ayudar al semejante, de protegerlo en su adversidad. Ahí nace la civilización.

Vivimos en un estado social en el cual los poderes públicos tienen la responsabilidad de atender a la salud, la educación y la protección social de los ciudadanos. En España tenemos asumido que en caso de enfermedad, viudedad, vejez o desempleo el Estado nos debe asistir. Así lo proclama la Constitución. Sin embargo, esto no es así en todos los países ni ha sido así a lo largo de la Historia. El Estado Social es una creación del siglo XX.

En la antigua Roma, y en general en cualquier época pasada, el sistema público no se preocupaba en general por los problemas sociales, salvo que se convirtieran en problemas de inseguridad ciudadana o de revuelta. Pese a ello, en Roma hubo algunas instituciones de protección social, como la annona, que era un reparto gratuito de pan para los habitantes de Roma, o los “alimenta”, una institución creada por Trajano, para dar de comer a los niños de la calle. En tiempos de crisis los emperadores aplacaban al pueblo repartiendo trigo y programando espectáculos. Era el famoso “pan y circo”. Incluso hay quien achaca a la “excesiva” política social de los emperadores la quiebra de la economía y la consecuente caída del Imperio Romano.

Pero salvando algunos casos particulares, lo cierto es que en el mundo antiguo cada persona debía resolver sus propios problemas, sin que el Estado ofreciera una red de protección social generalizada. Pero junto a ello, la sociedad romana tejió una importante red de protección familiar. La familia se concebía de un modo extenso: abuelos, hijos y nietos convivían en la domus. Los niños (hermanos y primos) crecían juntos y eran criados por padres y tíos, los ancianos eran los jefes del clan y, a cambio de su consejo y prudencia, recibían la protección de los miembros más jóvenes. A nadie de la familia se le dejaba atrás. Además, en la sociedad romana existía un cierto tejido social de carácter voluntario: los trabajadores de un mismo oficio (carpinteros, alfareros, pescadores…) se reunían en agrupaciones (collegia) que establecían fondos comunes para atender las situaciones de necesidad de sus miembros. Es el origen de las mutualidades. También había una estructura vertical: la clientela. Los ciudadanos más poderosos acogían bajo su protección a gente menos favorecida y les protegían a cambio de servicios y favores. Y por supuesto, existía la caridad (charitas) la ayuda voluntaria a los más desfavorecidos motivada por el amor a los dioses. El sistema no era, ciertamente, perfecto, y se producían con demasiada frecuencia situaciones terribles: niños abandonados en la calle, abocados a la mendicidad y la prostitución. Ancianos desnutridos y enfermos muertos en la más absoluta soledad. Hijos vendidos como esclavos a los prestamistas, a pesar de las prohibiciones legales.

Desde mediados del siglo XX todo ese entramado social ha sido paulatinamente sustituido por el Estado. Los ciudadanos reclamamos nuestro derecho a que los poderes públicos nos atiendan en situaciones de enfermedad, jubilación, desempleo… Exigimos que se dispongan guarderías donde dejar a nuestros hijos, geriátricos para atender a nuestros ancianos y hospitales para curarnos, y ciertamente, en España hemos alcanzado en los últimos cuarenta años, un nivel de protección social que nuestros abuelos jamás pudieron imaginar. El Estado, sin embargo, es incapaz de proveer de manera eficaz todos los servicios que requerimos. Para intentarlo multiplica el aparato burocrático y necesita recaudar más y más impuestos con los que sufragar los servicios que la ciudadanía reclama, empobreciendo más a los ciudadanos que, como reacción, solicitan más ayuda. El gran reto del siglo XXI, ante una población europea envejecida, es encontrar un sistema sostenible capaz de ofrecer los servicios públicos necesarios sin asfixiar a los ciudadanos.

Pero al mismo ritmo que el Estado va tejiendo su red de protección social, vamos abandonando los mecanismos privados que antes nos salvaban de los infortunios: desaparece la solidaridad meramente voluntaria, las relaciones de ayuda mutua y, sobre todo, la familia. Algún día, cuando nos encontremos un semejante con el fémur roto, lo abandonaremos convencidos de que el Estado debe hacerse cargo de su protección y cuidado. Entonces será el fin de la civilización.

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