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VIVA LA RADIO. Murcia, año 2772. El Brexit romano o la rara costumbre de tomar "el agua hervida" a las cinco de la tarde

Su adhesión al Imperio no fue cosa fácil. La tribu más temida por los romanos eran los pictos, un pueblo que vivía al norte de Gran Bretaña. Se cree que pudieron exterminar a una legión entera. Adolfo Díaz Bautista.

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LOS BREXITS ROMANOS


La civilización romana se desarrolló en torno al mediterráneo, el mare Nostrum, pero se extendió todo cuanto pudo, en función de las condiciones que encontraron las legiones. Así, en África tan solo ocuparon la franja comprendida entre la costa y el desierto; en Asia avanzaron hasta topar con el imperio persa, y en Europa conquistaron todo lo que los germanos les permitieron. Dentro de esa geoestrategia, que diríamos ahora, las Islas Británicas constituían un confín del mundo conocido. Situadas al norte del continente, los romanos no pudieron imaginar que hubiera nada más allá de Britania.
Aunque los contactos comerciales son incluso anteriores, fue César el primer general romano que puso pie en Albión, firmando tratados y alianzas con los reyes locales. Sin embargo, fue su sucesor, el emperador Claudio, quien fundó la Britania romana en el año 43 dC. Como siempre ocurría en la política exterior romana, la excusa fue la petición de ayuda de un aliado, el rey Verica. La conquista fue lenta y conforme avanzaban hacia el norte, los romanos encontraban mayor resistencia de las tribus nativas. Primero controlaron el sureste, trazando una línea entre Exeter y Lincoln, luego conquistaron Gales, en el oeste, y finalmente emprendieron la campaña hacia Escocia, si bien nunca llegaron a conquistarla por completo, pues los emperadores Adriano y Antonino construyeron sendos muros (el más lejano, a la altura de Glasgow) renunciando a completar la conquista.
Aunque los romanos permanecieron, de una u otra forma, durante 500 años en las Islas Británicas, la convivencia no siempre fue buena: En el año 60 dC la reina Boudica lideró una revuelta de tribus nativas que consiguió echar a los romanos de Londinium (Londres), aunque posteriormente fue derrotada. También en el 115 se sublevaron y arrasaron York, lo que motivó la construcción del muro de Adriano. Luego, en el siglo III, los britanos se apuntaron al “imperio galo”, un experimento de autodeterminación que separó Galia, Hispania y Britania del imperio romano. La tribu más temida por los romanos eran los pictos, un pueblo que vivía al norte de Gran Bretaña, incluso durante mucho tiempo se creyó que habían exterminado a una legión entera, la IX Hispana, cuya memoria desaparece en el curso de la guerra de York.
Sin embargo, la huella de Roma en las Islas Británicas es mucho más profunda de lo que podemos imaginar. No sólo quedan restos de los muros de Adriano y Antonino, o la ciudad de Bath donde se ubicaban baños públicos, o la propia Londres, de origen romano, sino que las condiciones climatológicas han permitido recuperar restos que no conocemos de otras zonas más romanizadas. Me estoy refiriendo al campamento de Vindolanda, un castra situado junto al muro de Adriano, donde se han encontrado tablillas de las usadas para escribir.
Los romanos no tenían papel, y el papiro era un material muy caro. Para realizar anotaciones poco importantes o bien utilizaban trozos de cerámica rotos (ostraka) o bien usaban unas tablillas de madera del tamaño de una cuartilla sobre las que se extendía una capa de cera blanca. El texto se escribía con un stilus que grababa la cera, de manera que podían reutilizarse indefinidamente  reextendiendo la cera. Estas tabletas son difíciles de encontrar porque la madera -y por supuesto la cera- se deterioran pronto. En el museo del teatro de Cartagena hay alguna. Pero lo peculiar es que en Vindolanda los expertos han sido capaces de leer el texto que escribieron en su día. 
Estas tablillas son my interesantes porque reflejan la vida cotidiana de los soldados, como es el caso del personaje Masclo, un soldado romano que recibió la orden de solicitar el envío de cervezas al destacamento defensivo del fuerte a través de una carta. Además, la misma carta revela que Masclo pidió un permiso, probablemente debido a una resaca. 
Una de las tablillas más conocidas es la 291 datada en torno al año 100, que contiene una invitación de cumpleaños de Claudia Severa, esposa del comandante de una fortaleza romana cercana, a Sulpicia Lepidina, casada con Flavio Cereal, comandante del fuerte III estacionado en Vindolanda. Dicha tableta se observa que está escrita por dos manos diferentes debido a que la primera parte presenta una letra más irregular que las últimas cuatro líneas, por lo que lleva a la conclusión de que el principio está escrito por un escribano y el final por la propia Claudia Severa. Este testimonio es, probablemente, uno de los primeros escritos en latín por una mujer. La traducción de la tableta es la siguiente:
``Saludos de Claudia Severa a Lepidina.
En el tercer día antes de los idus de septiembre, hermana mía, para el día de celebración de mi cumpleaños, te hago llegar cálida invitación para asegurarme de que vengas a vernos, y que hagas más agradable esta jornada con tu presencia. Saluda de mi parte a tu Cerial. Mi Aelio y mi hijo pequeño os envían sus saludos. Te esperaré, hermana.
Adiós hermana mía, mi alma querida, a quien deseo prosperidad y salud. A Sulpicia Lepidina, esposa de Cerial, de parte de Severa.´´

Paradójicamente, una vez caído el imperio romano de occidente y depuesto el último emperador, la región que permanece siendo romana, no invadida por ningún pueblo germano como fue Galia e Hispania, es Britania. De hecho un historiador y novelista, Valerio Manfredi, juega en su novela “la última legión” con la hipótesis de que el último emperador, Rómulo Augústulo, fuera llevado en secreto a Britania tras su deposición, portando una mítica espada que perteneciera a Julio César. Así enlaza este autor la caída del imperio romano con las leyendas del rey Arturo, aprovechando que algunos textos medievales mencionan a un general romano, llamado Arturo, que luchó contra los invasores. 
Los ingleses siempre han tenido su peculiar carácter y disfrutan conservando la distancia que les da la insularidad, pero es tanto lo que les une a la cultura europea que nunca se irán muy lejos.

Adolfo Díaz Bautista.

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